lunes, 10 de diciembre de 2012

«¿De quién son mis ojos?» El supuesto derecho al hijo, los hijos de laboratorio y los huérfanos biológicos


Las familias del futuro -profetizan e incluso celebran algunos- serán mucho más difíciles de dibujar que las normales -tradicionales, dicen-: padres legales (parejas e individuos hetero u homosexuales), donantes de óvulos y espermatozoides, madres-incubadora, medio-hermanos desconocidos... Muchos de los que participan en esta industria que mueve cientos de millones de euros han asumido, a la vez, ser sus víctimas. A los niños, en cambio, se les impone esta situación. Los pocos que no terminan como embriones desechados están empezando a hacer oír sus quejas

Katrina Clark sabía desde pequeña que su padre era un donante de semen y, aunque a veces soñaba con «un hombre alto y delgado» que jugaba con ella, no asimiló realmente su situación hasta la adolescencia: tras una discusión familiar, «la sensación de vacío cayó sobre mí. Me di cuenta de que, en cierto sentido, era rara. Verdaderamente nunca tendría un padre. Por fin entendí lo que significaba ser concebida por un donante; y lo odié. Cuando leo lo que dicen algunas mujeres sobre su opción de maternidad, me siento degradada a poco más que una ampolla de semen congelado». El Washington Post publicó su testimonio hace dos años. El semanario Newsweek había reproducido, ya en 1994, un testimonio muy similar, de otra joven, Margaret R. Brown, concebida in vitro: «Tengo el sueño recurrente de estar flotando en la oscuridad mientras giro sin parar cada vez más deprisa en una región sin nombre, fuera del tiempo. Soy una persona que nunca conocerá la mitad de su identidad. ¿De quién son mis ojos? Me he preguntado si no habrá otros secretos que se me ocultan».
Las primeras generaciones de niños probeta están llegando a la edad adulta, y algunos comparten testimonios como los que se describen en el párrafo anterior. El psiquiatra don José Cabrera ha conocido a varios de esos hijos, «que tienen una depresión permanente. Un factor seguro de esta depresión es la tristeza» por el modo de haber sido concebidos. Incluso «aunque no lleguen a la depresión, se caracterizan por una cierta tristeza generalizada, por saberse no concebidos en un acto de amor». Es más, si se ha usado el semen de un donante, «se les ha fabricado huérfanos y tienen muchas preguntas como: ¿tengo alguna raíz cierta? ¿Soy un hijo deseado, o necesitado para cubrir una necesidad obsesiva?» También está el gran peso psicológico, por la expectación que han generado.
La referencia al padre, vacía
Doña María Dolores Vilá Coro, jurista experta en Bioética, explica en su libro Huérfanos biológicos la importancia de que exista, al menos, un padre referencial (fallecido o divorciado) conocido, aunque incluso esto puede influir en el desarrollo de los hijos. Cuánto más con la fecundación artificial con semen donado, donde la figura paterna queda excluida, incluso si hay un padre legal (caso de Margaret) o social (pareja de la madre, caso de Katrina).
Cuando se empezaron a oír las voces de los huérfanos biológicos, el Reino Unido dio marcha atrás en su ley y eliminó el anonimato en las donaciones de semen y óvulos. También han empezado a surgir, en Inglaterra y Estados Unidos, asociaciones que les ayudan a localizar a sus padres y hermanos biológicos. Una lucha similar a la de los hijos adoptados que luchan por conocer sus orígenes, aunque los niños probeta reciben mucha menos comprensión de la sociedad.
¿Por qué dan tanta importancia estas personas a la biología, cuando han podido recibir mucho amor de sus padres legales? Quienes critican así cualquier intento de limitar la reproducción asistida, paradójicamente, no plantean, por coherencia, otra muy similar: ¿y por qué dan tanta importancia a la biología unos padres que prefieren encargar un hijo in vitro en vez de adoptarlo?
Más allá de la incomprensión que todavía sufren, en muchos países están discriminados frente a los hijos adoptados, a los que sí se reconoce el derecho a conocer a sus padres. El interés de las clínicas, en cambio -explica la doctora Vilá Coro-, es mantener el anonimato «porque es el medio de mantener a los donantes».
Incesto biológico y enfermedades
Las mismas autoridades que tanta prisa se han dado en ir regulando las técnicas de reproducción artificial, han mostrado mucho menos interés en aplicar los límites establecidos por ellas mismas. La primera ley española, de 1988, ya preveía la creación de un registro de donantes -preservando el anonimato-, para evitar que un mismo donante engendrara más de seis hijos vivos y que éstos pudieran encontrarse sin saber su parentesco y tener hijos, con el riesgo de enfermedades hereditarias que eso conlleva. Hoy en día, nada impide que un mismo donante acuda a varias clínicas de varias ciudades, y engendre hijos en todas ellas. En Australia se han dado varios casos en los que hasta 30 mujeres de una ciudad pequeña han tenido hijos del mismo donante.
Pero el ser una persona probeta no sólo entraña riesgos psíquicos y de incesto biológico. La concepción se realiza en condiciones artificiales, y se fuerzan fecundaciones con óvulos y espermatozoides de poca calidad, inmaduros o incluso con sus células precursoras (que tienen el material genético pero carecen de otros elementos necesarios). La implantación de varios embriones produce tasas muy altas de embarazos múltiples y partos prematuros. A todos estos factores se atribuye la mayor tasa de malformaciones y secuelas neurológicas como retraso mental y defectos de visión, entre otras enfermedades, que sufren en comparación con los niños nacidos naturalmente. La bióloga doña Natalia López Moratalla explica que, en muchos casos, son los pediatras los que están dando la voz de alarma porque las clínicas, una vez conseguido el embarazo, se lavan las manos. También, al forzar la procreación de personas que pueden ser infértiles por causas genéticas, puede aumentar la infertilidad en el futuro.
¿Derechos?

Ilustración de Selçuk, en Le nouvel observateur
«Lo que resulta más sorprendente -continuaba el testimonio de Margaret Brown-, dada la actitud de la sociedad hacia la protección de los niños, es que las decisiones sobre inseminación artificial se toman en interés de los padres y del médico, no en interés del niño. Los hijos no son bienes de consumo o posesiones». Pero, dado el tratamiento que se les da, desde luego se los trata como tales. Al hablar de derecho al hijo, se lo está cosificando -no se tiene derechos sobre una persona-. El derecho a un hijo en cualquier situación justifica la fabricación de huérfanos, o la reproducción asistida en madres-abuelas de más de 50 o 60 años. El derecho al hijo sano justifica la eliminación de los enfermos. También está el derecho a tener un hijo a medida, eligiendo el de un sexo y eliminando a los del otro (lo que se empieza a pedir y legitimar), o seleccionando a un donante según su estatus social o apariencia física; incluso el derecho a tener un hijo que comparta una discapacidad como la sordera, eliminando a los embriones oyentes, como pretendía una pareja de lesbianas inglesas. Al ser un derecho, la Sanidad pública debe pagarlo (incluso, como en Andalucía, si no existe un problema de infertilidad, sino que, simplemente, la mujer no tiene pareja). Y, si cualquiera de estas cosas sale mal, está el derecho a demandar al fabricante. No son exageraciones, sino casos reales.
Además, en un mundo globalizado para los negocios, también en este caso son permeables las fronteras. En el caso de que en un país fuera ilegal un determinado producto, siempre se puede viajar a otro, como sucede en España, donde vienen muchas personas para conseguir donantes o embriones. Y, aunque en España es ilegal elegir a los donantes, el Instituto IVI, de Valencia, vende semen a la carta en el extranjero.
Si se respetan las primeras premisas (existe un derecho al hijo, que puede ser concebido artificialmente por un acto de mera voluntad en vez de amor), nadie debería escandalizarse por casos como el de una mujer holandesa que se ofreció por Internet a ser madre de alquiler, luego fingió que había abortado y vendió el bebé a otra pareja por el doble de dinero.
María Martínez López
Cuerpos a la venta
Dos años después de que se aprobara en España la última Ley sobre Reproducción Humana Asistida, ya se vuelven a oír voces que piden que se cambie para incluir, ahora, la maternidad subrogada, es decir, el alquiler de úteros, para que, por ejemplo, las mujeres que no tienen útero puedan usar el cuerpo de otra como incubadora. O aquellas que no quieren perder la figura. Si se mira bien, puesto que el feminismo radical habla de la reproducción como trabajo reproductor, parece perfectamente lógico que, las que puedan pagar, lo deslocalicen. Una prostitución de nueve meses, que muchos buscan a través de Internet o en países como Estados Unidos (donde puede costar hasta 100.000 euros a través de una agencia) o la India, donde mujeres de las clases más pobres se dedican profesionalmente a ello, a veces obligadas por sus maridos, como ha denunciado un médico del país. No sería raro que, en aras de la no discriminación frente a otras formas artificiales de tener un hijo, la sanidad pública acabara pagando el dinero que reciben las madres de alquiler. En Inglaterra ya se ha propuesto.
Es el siguiente paso lógico a la donación de óvulos, mediante la cual muchas mujeres, a veces con cierta frecuencia, someten a su cuerpo a duros tratamientos hormonales, guiadas por buenas intenciones o a cambio de una compensación por las molestias -la ley española no permite la venta de gametos- de varios cientos de euros (muy atractiva para estudiantes, inmigrantes o simplemente para llegar a fin de mes).
Las víctimas invisibles
Las tasas de éxito de la fecundación in vitro (entre 20% y 30%) se calculan por cada ciclo, pero si se cuentan los embriones creados, el resultado está entre cuatro y ocho nacimientos por cada 100 embriones creados. En 14 años, en Inglaterra, se destruyeron 1,2 millones de embriones, algunos después de haber estado años congelados; otros muchos, considerados no viables, directamente tras la fecundación. La cifra no incluye a los implantados en las madres, que en su mayoría mueren (más que los concebidos naturalmente). Otros son abortados porque la técnica ha funcionado demasiado bien y sobran.
Desde 1988, cada ley de Reproducción Asistida en España ha desprotegido más al embrión. La primera permitía congelarlos y experimentar con los no viables; la de 2003, con los viables congelados hasta entonces; y la última, de 2006, también crearlos y utilizarlos para la experimentación, además de quitar los límites de 2003 a la congelación. Pero nunca se ha creado un registro de embriones congelados, y aunque las voces oficiales sitúan la cifra en torno a los 30.000, expertos como el doctor Justo Aznar dicen que pueden alcanzar los 200.000. Y sistemáticamente se crean más de los que se implantan. Algo que, para la doctora Vilá Coro, «corresponde a una visión de la bioética en la cual el ser humano está al servicio de otros intereses». El futuro de estos niños está en manos de sus padres: pueden ser implantados en la madre, donados a otras parejas, destinados a investigación, o simplemente destruidos a los cuatro años. Y, en caso de divorcio o desacuerdo, se ha llevado su propiedad ante los tribunales, que parecen tender a dar la razón al padre que no quiere que otro hijo suyo nazca.
Desesperados y engañados
El psiquiatra don José Cabrera ha tratado a varias parejas que no podían tener hijos, y está convencido de que, «si este deseo no se racionaliza, se puede convertir en una idea monotemática y de rasgos obsesivos. Todo el pensamiento, discusiones y comentarios giran alrededor de los niños (ropa, juguetes, los hijos de otros) y de lo triste que estoy por no poder tenerlos. Hasta llega a ser patológico, una depresión, o insomnio». En estas condiciones, a la mujer no se le debería permitir, según la ley, someterse a la reproducción asistida, pues no goza de salud psicofísica. Algo así puede destruir un matrimonio, «comiéndoselo como una termita. Empiezan las inculpaciones; si el marido no quiere semen de un donante, la mujer piensa que no la quiere; o el marido piensa que, para la mujer, él no es suficiente familia». La solución pasa, lo primero de todo, por recordarles que «ellos no son la especie, darles un nuevo sentido a su vida, plantearles la adopción», etc.
En España se realizaron, en 2005, más de 40.000 ciclos. Es difícil imaginar que un tratamiento que no cura esté tan generalizado, con un 70% de fracasos. Parejas o mujeres están dispuestas a someterse a un auténtico calvario de visitas al hospital, pruebas, tratamientos hormonales (con sus efectos secundarios), intervenciones invasivas..., una y otra vez, gastándose un dinero que no siempre tienen (el ciclo vale 6.000 euros de media) o cargándoselo al Estado. Con 20 euros, una hoja de papel, un lápiz y un termómetro, reconociendo la propia fertilidad de forma natural, se consigue una tasa de éxito igual o superior a la reproducción artificial (30%).
«Una pareja -explica doña Micaela Menárguez, experta en estos métodos- tiene una ventana combinada de fertilidad -el período en el que pueden concebir- de cinco días como máximo, y las parejas tienen muy pocas relaciones. Puede que al cabo de un año de buscar el hijo, no hayan tenido nunca relaciones en esos días, pero se les envía a la reproducción asistida en vez de enseñarles a saber cuándo son fértiles y cuándo no. Es empezar la casa por el tejado».
En Bélgica, se está estudiando enseñar estos métodos antes de recurrir a la reproducción asistida. Durante un año, el hospital La Paz, de Madrid, tuvo una consulta de fertilidad natural que alcanzó una tasa de éxito de casi el 32%, pero que terminó cerrándose. Mientras, en las clínicas privadas «se hacen de oro y juegan con los sentimientos de las mujeres, diciéndoles que tienen derecho a tener hijos y que van a hacer todo lo posible», mientras se les está privando de la «oportunidad de tener un hijo de una forma mucho más fácil y placentera». Quizá el problema es que no responde a la corrección política de la sociedad, pues, obviamente, de los métodos naturales sólo se pueden beneficiar parejas heterosexuales.

1 comentario:

susana dijo...

Enhorabuena por este artículo tan esclarecedor. Un saludo.