viernes, 11 de marzo de 2016

Sin voz en el Parlamento… no queremos, porque no debemos, meternos en un armario.



Estamos viviendo un tiempo en el que, inexorablemente, cotas otrora impensables de inhumanidad e ignominia se van instalando en nuestra cotidianidad. Asumidas sin visible actitud crítico-analítica, por la impunidad que les confiere el hecho de no aparecer destacadas en los grandes medios de comunicación.
La visión utilitarista y hedonista de la vida humana, mina, de raíz, los fundamentos que hicieron posible la “redención” del ser humano  de la vida y dignidad humanas  tras los horrores e inhumanidades vividas en la primera mitad de pasado siglo.
Ahora mismo, en el punto álgido de la lucha partidista por el poder en España, discutimos de miles de cosas  importantísimas sin duda  pero, para algunos, no todas de entre las más importantes.
En el famoso documento de las “doscientas medidas”, de 67 páginas, de 25.947 palabras, suscrito entre Ciudadanos y el partido socialista; en tan solo 12 líneas y 135 palabras se sustancia, perpetúa y aumenta, la losa con que “la agenda de género” progresista (sic), está silenciando, y queriendo enviar al ostracismo, a “algunos” millones de españoles que nos horrorizamos de que la vida, de los más débiles e indefensos de entre nosotros, se esté utilizando, y hasta eliminando, sin resistencia social alguna. Me refiero, a las intenciones/propuestas que se hacen sobre la Interrupción voluntaria del embarazo (sin eufemismos… ABORTO), la maternidad subrogada (sin eufemismos… VIENTRES DE ALQUILER), y la Ley de muerte digna (sin eufemismos… EUTANASIA).
Desde luego que algo habrá que hacer, y sin duda será primordial analizar los “porqués” de toda esta involución.
Y este sentir, es por lo que traigo hoy a estas páginas, la reflexión interesantísima que leí ayer en http://www.profesionalesetica.org de la profesora Alicia V. Rubio Calle.
Toboganes para niños desmembrados: de ojos y corazones
Escrito el 10/03/2016
La pendiente ética resbaladiza es una estrategia de debate consistente en defender que una acción iniciará una serie de sucesos posteriores inevitables que culminarán en un indeseable evento final al modo de la caída de las fichas de dominó. En muchos casos se tacha este argumento de falacia por el hecho de que se presuponen concatenaciones de acontecimientos que pueden no ser necesariamente sucesivos, o que no implican irremediablemente el resultado final al que se apela. La comparación con una pendiente es porque se infieren consecuencias negativas que hacen deslizarse hacia catástrofes finales en un movimiento descendente y con un frenado casi imposible una vez comience el proceso. Un tobogán que, en el caso del aborto, no ha sido una falacia, sino un hecho.
Comenzamos nuestro resbalar por el tobogán de la iniquidad asumiendo que un cigoto no es un ser humano y que, por ello, se le podía eliminar, pese a su código genético único y su potencialidad que le hace, incluso, ser sujeto de derecho en una herencia: derecho a tener pero no derecho a ser. No es visible. No tiene aspecto humano. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.
Seguimos tomando velocidad con la aceptación de derechos contrapuestos entre un niño y su madre, dando por vencedora siempre a la madre en desigual liza donde uno de los contendientes siempre pierde la vida. Asumimos que la madre no es capaz de amar a un hijo imperfecto y que el niño nos agradece su eliminación para evitarle una vida que catalogamos como inútil e indigna y, con la firme decisión de hacer un favor a ambos, eliminamos “el problema”. El feto desmembrado comienza a tener un inquietante aspecto humano. Suponemos que no sufre. “Corazón que no siente, ojos que no ven” pensamos. Y cerramos los ojos.
Resbalando a un ritmo vertiginoso nos encontramos con niños viables que, tras el aborto, se niegan a morir y se les abandona en las bandejas de despojos hasta que dejan de respirar. Su pecado, el final de sus derechos, comienza con el desafecto de su madre: no les quiere. La sociedad más “humana” y sensible de la historia de la humanidad tampoco los quiere. A algunos se les clava, humanitariamente, una tijera en el occipital para terminar antes. ¿Ojos que no ven? ¿Corazón que no siente? La velocidad del trayecto nos ha dejado sin ojos y sin corazón.
Ya en el último tramo de esta caída libre hacia el Taigeto tecnológico del desprecio de la vida humana, vemos el final del tobogán, de la pendiente ética a la que nos hemos dejado empujar y que ya no es falacia, sino hecho consumado: multinacionales que venden, a trozos, los niños abortados. Ni los nazis más imaginativos, que ante la enorme cantidad de cadáveres humanos producidos se esmeraron en darles una salida comercial, podrían haberlo hecho mejor. Y no olvidemos que, cuanto más formados estén los niños asesinados, mejor “material de venta se obtiene. Embotados completamente por una caída vertiginosa somos incapaces de entender que hay ojos que no ven y corazones que ya no sienten a un precio asequible. Pensamos que no son los nuestros. Quizá, también son los nuestros. Nos queda el último tramo: de vender para aprovechar, a matar para vender.
Incapaces de frenar a esta sociedad que se despeña en la miseria entre cadáveres de niños desmembrados, que corre, alocada, hacia la muerte por mera estadística demográfica, que resbala alegre y confiada hacia un progreso distópico de mercancías humanas sin dedicar una mirada al frente, algunos vemos que, en el foso al que nos dirigimos, se comercializa, ya legalmente y con precios estipulados, con pedazos de seres humanos asesinados para tal fin.
Estamos cerca del final del tobogán. Sólo si millones de manos se aferran a ese resto de humanidad que aún nos queda, frenando la caída, podremos evitar el último trayecto de este viaje a la nada más horrible. Y, poco a poco, ir subiendo hacia ese punto de partida donde la vida humana aún era respetada y cada ser humano, en cualquier etapa de su vida, era considerado UNO DE NOSOTROS.  ONE OF US, dos millones de manos de toda Europa tratando de parar la locura, tratando de volver al origen. Porque sólo si salimos completamente de esta pendiente ética podemos impedir que volvamos a resbalar. Ayúdanos.
Difícil misión abrir un debate sobre algo cruel y desagradable. Un debate que encoge el corazón. Un final del viaje que es mejor no ver.
¿Hablamos de la vida humana o seguimos sin ojos para esos corazones a precio de casquería?
Alicia V. Rubio Calle

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